Rafael Ribó y Borja Corcóstegui, fundadores de Ojos del mundo

En el año 2001, Rafael Ribó y el doctor Borja Corcóstegui viajaron a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia) casi por casualidad, sin imaginar que aquella experiencia acabaría marcando el nacimiento de Ojos del mundo. Sin embargo, su relación venía de mucho antes: Borja Corcóstegui, oftalmólogo especializado en retina, había tratado a Rafael Ribó en varias intervenciones que permitieron preservar su visión. Durante el viaje de regreso del Sáhara, tras tomar conciencia de la grave situación de la salud ocular que habían visto sobre el terreno, ambos reflexionaron sobre qué papel podían desempeñar como profesionales. Fue en aquel vuelo de regreso donde empezó a gestarse la idea de una fundación que, meses después, se convertiría en Ojos del mundo.

Rafael y Borja se comprometieron, junto con un grupo de voluntarios y voluntarias, a cambiar la realidad oftalmológica de territorios sin recursos donde la ceguera evitable condiciona la vida de sus habitantes.

Rafael Ribó, presidente del Patronato y miembro del Comité Ejecutivo, es doctor en Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales, profesor titular jubilado de la Universidad de Barcelona y ha desarrollado una extensa trayectoria académica, política e institucional. Fue diputado en el Parlamento de Cataluña y en el Congreso de los Diputados, y ejerció como Síndic de Greuges de Cataluña entre 2004 y 2022, impulsando también diversas iniciativas internacionales en el ámbito de la defensa de los derechos.

Por su parte, el doctor Borja Corcóstegui es vicepresidente del Patronato, miembro del Comité Ejecutivo y presidente del Comité Médico. Es un oftalmólogo especializado en retina y cirugía vitreorretiniana, cofundador del Instituto de Microcirugía Ocular de Barcelona (IMO) y referente internacional en este campo. Ha presidido la Sociedad Española de Retina y Vítreo y EURETINA, y ha destacado por su labor asistencial, docente e investigadora, reconocida con numerosos premios internacionales.

Ahora, 25 años después, reflexionan sobre el impacto de su decisión.

Cuando pensáis en el primer momento en que surgió la idea de crear Ojos del mundo, ¿qué recuerdo os viene a la cabeza?

Rafael: Lo que recuerdo es la sensación de empezar una iniciativa muy desconocida para nosotros, pero que nos pareció que sería muy fructífera y que tendría efectos mucho más allá de lo que podíamos imaginar. Fueron tres días de experiencia en los campamentos de personas refugiadas saharauis viendo cómo la gente conseguía recuperar la visión. A partir de ahí, sentimos un impulso muy fuerte para decir: ¿qué hacemos? Y así surgió la idea de organizarnos, encontrando como solución crear una fundación.

Borja: Me viene la visita al Sáhara. Fue a partir de esta cuando se desarrolló toda la fundación. Rafael se empeñó, puso muchísima fuerza para hacer esto, y buscó las personas idóneas y la legislación que había en el momento para poder desarrollar la fundación. Mi papel era más el del desarrollo médico. Yo veía que, por poco que se hiciera, la situación en un territorio como los campamentos de personas refugiadas saharauis iba a mejorar. Al haber tantas carencias, cualquier pequeña acción que se hiciera lo iba a mejorar. Y, al igual que este territorio, había (y hay) muchos que tienen grandes deficiencias en los tratamientos oculares. Era una buenísima idea, pero en la que había que invertir mucho esfuerzo.

¿Teníais claro hasta dónde queríais llegar?

Rafael: No, porque creo que ahora tampoco lo tenemos claro. Desgraciadamente, la lucha contra la vulnerabilidad y la ceguera, que puede ir acompañada de la primera, no tiene límites. Por tanto, tal como ha pasado durante estos 25 años, vamos creciendo y todavía queda mucho por hacer sin precipitarse y sin improvisar. Sólidamente hay mucho por hacer.

Borja: Yo no tenía una idea preconcebida ni un proyecto final. Pensaba que había que trabajar mucho y llegaríamos donde pudiéramos. Lo que tenía claro era que hacía falta organizarse para poder hacer la acción que requería aquel sitio.

¿Qué destacaríais de los 25 años de recorrido de la Fundación?

Rafael: Estamos seguros de que está dando resultados el cambio que aprendimos enseguida, hace unos 20 años, de pasar de un modelo asistencial, temporal, muy en manos de lo que hiciéramos nosotros sobre los territorios, a un modelo que impulsa la progresión en los territorios.

El primer enfoque tenía una ventaja: que parecía que implicábamos a gente de aquí. Entendimos que, aunque es necesario que algunos sigan yendo, por ejemplo, para la formación, hay que ir traspasando la responsabilidad a los profesionales del territorio. Esto fue acompañado de otro hecho que yo no imaginaba: que tenemos que estar allí todo el año. Nuestro esfuerzo no puede quedarse en ir al terreno diez días al año, que respeto muchísimo a quienes lo hacen, pero una de las claves y del significado más positivo de esta fundación es que estamos presentes los 365 días del año. Estamos a disposición de impulsar la salud pública en la visión, especialmente para las personas más vulnerables de todo el mundo, haciendo realidad el derecho a la visión universal. Conseguimos un gran cambio de enfoque a partir del cual ha ido creciendo la implicación, la corresponsabilización y la creatividad de todas las personas, desde médicas y médicos hasta personal de enfermería o de optometría, personal de sensibilización y educación, y el importantísimo papel de las mujeres como quienes ayudan a superar la cultura de la medicina tradicional clásica de chamanes para confiar en la salud y en la sanidad pública al alcance de toda la población.

Borja: El punto clave fue pasar de solamente la acción (con un grado de enseñanza) a tener la formación como prioridad absoluta. Si no, seríamos una fundación que va hace una acción buena y solidaria, pero que obtiene un resultado débil por no dejar en terreno un trabajo establecido. Fue en el año 2004 o 2005 cuando la fundación cambió para hacer enseñanza y también acciones médicas curativas directamente en terreno. Se fue desarrollando más la enseñanza porque rápidamente vimos que la gente que aprendía desarrollaba mejor su trabajo y no necesitaba que estuviéramos nosotros. Los apoyábamos con los equipos, la organización, el conocimiento y el seguimiento, pero empezó a evidenciarse su aumento de independencia. La oftalmología, como no es una especialidad vital, siempre estaba un poco apartada del conocimiento médico.

En resumen, debían tener esas dos cosas: el conocimiento y el equipamiento. Y saberlos utilizar.

¿Qué os motiva a seguir, después de todo este tiempo?

Rafael: El derecho a la visión, que parece algo muy elemental y asumido, en todas partes, empezando por nuestra casa, no está garantizado. Debe ser uno de los derechos que, después del derecho a la vida, más importantes son para todo el mundo. Y motiva ver cómo podemos conseguir que no sea solo una política de ayuda o de cooperación, sino que sea hacer realidad un derecho tan importante. Yo todavía sigo impactado por la imagen de cuando a una persona le quitan la venda de los ojos, después de 5 o 10 años sin ver. Cuando lo recuerdo y lo explico, especialmente a gente que no conoce la realidad de Ojos del mundo, no puedo evitar emocionarme. A esto se añade lo que significa que en un barrio de Inhambane (Mozambique) o en Oruro (Bolivia) a menudo una persona que está fuera de los circuitos sociales, familiares, entre otros, vuelve a nacer y tiene todos los potenciales de nuevo a su alcance.

Borja: De alguna manera, nos motivan los resultados: cuando vemos avances y una sostenibilidad de los equipos, profesionales, hospitales y otros recursos necesarios. Cuando existe eso, disminuye la cantidad de gente con necesidad de tratarse las operaciones oculares. Eso te da una fuerza enorme. Recuerdas lo que se hizo en el año 2005, 2007, 2015 o 2021 y ves el proceso: la gente se ha formado, han pasado los conocimientos de unos a otros y el resultado te motiva a seguir trabajando.

¿Recordáis algún momento o experiencia con Ojos del mundo que os haya marcado especialmente?

Rafael: Varias. Desde que descubrimos el gran potencial de la Fundación, hasta la última, descubriendo con Arrels, en Barcelona, donde la gente que está sin proyecto de vida, sin hogar, también sufre una característica muy grande de vulnerabilidad y de pobreza: la pérdida de visión. No solo el techo o el alimento condicionan sus vidas. Incluso al principio, cuando empezaba a surgir la idea del proyecto con personas sin hogar, algunos afirmaban que aquí no era necesario.

Otras experiencias concretas podrían ser el inicio, yendo a construir y equipar hospitales en El Alto (Bolivia), una ciudad de más de un millón de habitantes completamente abandonada desde el punto de vista sanitario. O también lo que sucedió en el entorno de Inhambane cuando empezamos a penetrar en las zonas más rurales y alejadas de las capitales. En Mozambique, cuando llegamos allí años atrás, había solo unos cinco oftalmólogos en un país de 17 millones de habitantes. Además, la gente de Inhambane o alrededores que necesitaba gafas tenía que recorrer 500 o 600 kilómetros para ir a Maputo, la capital, para conseguir algún tipo de ayuda óptica. Hoy lo explicamos como algo que está… no solucionado del todo, nunca nada se soluciona del todo, pero ya hay instrumentos y facilidades para que puedan tenerlo.

Borja: Tengo buenos recuerdos de tratamientos que hicimos en aquellas condiciones iniciales. Eran resultados espectaculares y, hasta cuando algún logro no era tan impresionante, para ellos era un impacto muy positivo, pues no tenían ninguna otra posibilidad. Aun así, no podíamos evitar llevarnos siempre el mal sabor de irnos de un sitio dejando a gente sin atender. Pero la cola es infinita. Es muy bonito decir “hemos curado a dos mil, a cinco mil” o a los miles que sean. Pero sientes que, al irte, dejas millones.

Por eso, la parte de docencia y de organización que necesitaban estas comunidades fue lo que nosotros orientamos como foco principal y que, personalmente, considero que deberían hacer todas las fundaciones. Porque, si no, nos centramos en hacer acciones concretas en un lugar, pero, el día que no estamos, desaparecen. Creo que, casi sin hablar, Rafael y yo estábamos de acuerdo en que había que hacer esto.

¿Cuáles creéis que son los principales retos de futuro para Ojos del mundo?

Rafael: Uno que está desde los inicios, que también destacaría como uno de los factores que a mí me motivaron enseguida, es que no sean solo ellas y ellos los protagonistas, sino que se llegue a construir el derecho a la visión dentro del sistema público de salud de estos países. Cuando empezamos a trabajar en Mozambique, nos dimos cuenta de que era muy importante elaborar un plan nacional de oftalmología e insertarlo dentro del sistema de salud. Las prioridades sanitarias eran otras como el SIDA o la Malaria, sin ser conscientes de que en todos estos territorios, con los conflictos que arrastran de subdesarrollo y pobreza, la ceguera y la necesidad de atención ocular estaban igualmente presentes. Somos conscientes de que somos unos privilegiados que estamos en la parte más “suficiente” del planeta, que se dice que equivale a un 20% de la población total, frente a un 80% que todavía está lejos de poder tener atendidos los derechos más básicos. Nosotros podíamos empezar dando un 100% de atención y el sistema local solo un 2%, pero el objetivo es que acaben poniendo un 80 o 90% y nosotros podamos hacer una sostenibilidad de apoyo y poder trabajar en otros territorios.

Borja: El futuro siempre es incierto y hay que afrontarlo. La Fundación podría haberse cerrado, pero ha seguido porque ha tenido la implicación de toda la gente que lo hace posible. No puedo decir solamente la de Rafael y mía, sino todos los que han empujado para que esto se pueda hacer: médicos y oftalmólogos, pero también equipos que cooperen con ellos y que son igual de fundamentales. Un médico solo puede hacer poco, por mucha voluntad que ponga. Por más que se trasladen equipos médicos a los territorios, se gasta una cantidad enorme para hacer una acción pequeña que no se mantiene. Personalmente, considero que la Fundación va a seguir creciendo con la estructura actual que tiene, profesionalizada, con suerte convirtiéndose en un modelo a seguir para otras organizaciones. Creo que la sociedad debe tener en cuenta que existen instituciones que dan formación y posibilidades de que esta acción crezca, que tenga una cohesión y una solidez, y que debemos apoyarlas.

¿Queréis añadir alguna cosa, algún comentario?

Rafael: ¡Uf, hablaríamos durante horas!

Borja: Estos 25 años de experiencia (y los que quedan) no son fáciles, pero se le ha puesto mucho corazón. El entusiasmo lo mueve todo, en todos los trabajos. Creo que, sin entusiasmo, sin ganas, sin alegría, sin motivación por hacerlo mejor, no se puede realizar un trabajo. Porque el entusiasmo te va a mejorar a ti mismo y a la sociedad. Al final, esto es lo que más me gusta.

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