Una labor muy importante que realizan muchas mujeres en Bolivia, de forma voluntaria, es la promoción de la salud ocular para hacerla llegar a la población que se encuentra más alejada de los núcleos urbanos y, en especial, a las escuelas de esas comunidades.

La salud y la educación son dos derechos plenos y necesarios para que los niños y niñas se desarrollen, y la buena visión es clave para el aprendizaje escolar. Por eso Ojos del mundo ofrece formación a estas mujeres, para capacitarlas en temas como los hábitos saludables, la prevención de enfermedades oculares y la toma la agudeza visual. Mujeres como María o Maya, que dedican parte de su tiempo a esta labor solidaria.

 

María Nina, líder indígena y promotora comunitaria

María vive en Curahuara, a 545 km de la ciudad de Oruro. Reconocida como líder indígena, fue elegida presidenta de la asociación de padres y madres de la escuela Elizardo Pérez donde estudian sus hijos.

Contactó con Ojos del mundo para formarse como promotora de salud ocular y participó activamente sensibilizando a la población de su comunidad e identificando a personas con problemas visuales a las que redirigía a especialistas para ser atendidas.

Motivada por esta experiencia, se reunió con la directiva y el comité de familias de su escuela para concienciar sobre la importancia de cuidar la salud ocular de los estudiantes: “Nuestros hijos aprenderán mejor si sus ojos están sanos”.

De este modo pudo movilizar e involucrar a todos los responsables para organizar la formación del profesorado y las revisiones a los niños y niñas, así como la coordinación entre la comunidad escolar y el centro de salud para las posteriores consultas y tratamientos.

 

Maya Romano, voluntaria en Chuquisaca

Maya colabora con Ojos del mundo desde noviembre de 2020. Su objetivo es acercar la salud ocular a la población más necesitada.

En su última visita al pequeño pueblo de Paracty, en el municipio de Zudañez, para realizar un taller de prevención y capacitación del profesorado, pasó muchas dificultades para acceder porque no era nada fácil: tuvo que alquilar una motocicleta para llegar al río, una vez allí esperó a que bajara el caudal, y luego lo cruzó a pie con cuidado para no echar a perder el material educativo.

Pero cuando llegó, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, ya que toda la comunidad la estaba esperando, interesada y agradecida, porque Ojos del mundo era la primera institución que llegaba para ayudar. Gracias a su visita, se dieron cuenta de que muchos niños y niñas no era malos estudiantes, sino que en realidad no veían la pizarra, y pudieron organizar su atención ocular y la dotación de gafas graduadas.